crónica de una primicia mundial que cambió mucho más que un franco

Hace un año, con la pandemia a pleno, el coronavirus mataba y mataba sin parar y la vida, prisionera del azar en su máxima expresión, era eso que sucedía entre gambetas ciegas al covid y sus impactos certeros a las rutinas.

Era 25 de noviembre. Y según asegura Wikipedia, es el tricentésimo vigésimo noveno día del año en el calendario gregoriano y el 330.º en los años bisiestos. Quedaban 36 días para finalizar un año de encierro. Un año de mierda.

Ese día, un día cualquiera como todos los días, no tenía significación para casi nadie. Ese día, en 1885, habían muerto casi en simultáneo Alfonso XII y Nicolás Avellaneda, rey de España y presidente argentino, respectivamente. Seguramente, muchos se enteraron varios días después. Y nadie se lo reprochó. Habían nacido un 25 de noviembre, en 1914, 1915 y 1920, Joe Di Maggio, el dictador nefasto Augusto Pinochet y Ricardo Montalbán («El avión, el avión»). Pero, la verdad, nada hacía que el 25 de noviembre tuviera sentido.

Ese día, en 1929, incluso, había nacido Jorge Julio López, el albañil que fue asesinado por denunciar a Miguel Etchecolatz, quien lo había torturado entre 1976 y 1983.

Ese día, un 25 de noviembre, en 2013 había sido el último día que vivió Ricardo Fort y en 2016 fue el día en que se apagó la vida de Fidel Castro. Pero en 2020 el maldito 25/11 tomó otro sentido. Ese día se murió Diego Maradona. Y, aunque suene trillado, nada fue igual.

Fue hace un año. Y los caprichos de la pandemia quisieron que ese día fuese el día en el que estuviese de franco. Hasta las 12.45. En ese momento, Gustavo De Franchis, compañero del diario del área Comercial, llama a mi celular. Casi no lo atiendo. Ese celular que estaba a segundos de ser muteado. Gustavo, con alma de periodista, es el que enciende la mecha de la primicia. Datos certeros. Ambulancias, gente tomándose la cabeza y otra gente diciendo «se murió, se murió».

Los primeros movimientos en la casa de Tigre donde falleció Diego. Foto REUTERS/Agustin Marcarian

Los primeros movimientos en la casa de Tigre donde falleció Diego. Foto REUTERS/Agustin Marcarian

¿Quién se murió? Había que chequear.

El celular que se estaba por mutear empieza a consumir la batería. El primer llamado sale para Mariano Verrina, el periodista del diario que en los últimos tiempos estaba más cerca del entorno de Maradona. El segundo llamado sale para Julio Chiappetta, editor que tenía línea directa con los satélites del Diez. El tercer destinatario es Juan Pablo Elverdín, entonces jefe de Último Momento, para que tuviera «en punta» un párrafo para salir apenas se chequeara el dato que había pasado Gustavo.

Mariano, confiable hasta el infinito y con una fuente irrefutable, chequea la información. «Tuvo un paro. Lo están reanimando», asegura.

Y el circuito empieza a funcionar.

Juan Pablo redondea el texto y Pablo Blanco, Payito, convalida. Y la noticia sobre la descompensación de Maradona sale publicada.

Pasaron segundos, nada más. Todo cambia.

Mariano, un periodista de la puta madre que escribe como todos deseamos escribir, sigue indagando. Y la noticia, como toda noticia, se transforma. Me asegura que se murió, que Maradona se murió, pero también me dice que si queremos esperar para contrastar su información, esperemos. La fuente es cien por ciento confiable.

La verdad es que nunca pensé en tener la primicia. Solo pensé en que Mariano es un periodista ultra serio. Y que su fuente, a quien también conozco, no daba margen para la duda.

Había muerto Maradona. Había que publicarlo.

La imagen que nunca pensamos ver: el féretro de Diego y la Copa del Mundo. Foto Presidencia de la Nación

La imagen que nunca pensamos ver: el féretro de Diego y la Copa del Mundo. Foto Presidencia de la Nación

Llamo otra vez a Juan Pablo Elverdín, pero el que atiende es Pablo Blanco, Payito. No hay ni un hola. Derecho al hueso… «Se murió, salgamos», le digo. JP ejecuta el texto, Payo convalida sin que le tiemble el pulso y Facundo Chaves lo publica en la portada del diario. «Murió Diego Armando Maradona». O algo así.

Y salimos. Sin atajos.

Los periodistas, algunos, mueren por tener una primicia. No vale la pena. Mezcla de azar y de tener los mejores periodistas posibles en el momento indicado, el laburo fluye. Murió Maradona. Es tiempo de llorar. Es tiempo, también, de creer que no es tan complicado laburar bien. Sin necesidad de peajes o dudas.

Es tiempo, además, de seguir trabajando. Al otro día, mientras se espera por la próxima primicia que tal vez no llegue nunca más, hay que seguir. Tal vez toque un Banfield-Patronato o un vivo de la Fórmula 1. O tal vez toque lavar los platos en casa. Los héroes, los que cambian el mundo, están en otro lugar.

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